Un ventrílocuo llegó a un pueblo acompañado de su fiel perro. Los dos tenían mucha hambre después de su larga caminata, y aunque el hombre no tenía dinero fue al restaurante más cercano a comer.
El ventrílocuo tomó asiento y miró el menú, mientras que su perro se sentó a sus pies. El pobre hombre tenía tanta hambre que ordenó casi todo lo que había en el menú.
Luego sucedió algo sorprendente, el perro comenzó a hablar: “Tráeme un gran hueso y una taza de leche”, dijo el perro. Tanto el mesero como toda la gente en el restaurante se sorprendieron al oír hablar al perro hablar.
Cuando les trajeron la comida, el hombre y el perro la engulleron.
Entonces uno de los clientes se sentó junto al ventrílocuo y le dijo: “Veo que tienes un perro que habla”. “Sí, él habla y muy bien”, dijo el ventrílocuo. “Sí, yo hablo bien”, dijo el perro.
“¡Sorprendente!” dijo el hombre y puso una bolsa de dinero sobre la mesa. “Te doy todo esto por tu perro”, dijo.“Los tiempos son difíciles”, contestó el ventrílocuo, y yo necesito el dinero.
El ventrílocuo pagó la cuenta con un poco del dinero de la bolsa y en el momento en que salía del restaurante el perro habló: ¡Me vendiste, traidor, y ya nunca pronunciaré ninguna otra palabra!
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